madame de Noalles, a fin de que finalmente se sepa cuál es el viento que sopla en las
alturas. Al pronto no dice más que amabilidades respecto a la esposa de su nieto. Pero
poco a poco va entremezclando toda suerte de observaciones: encuentra que la delfina se
la permite hablar un poco libremente sobre lo que ve, y sería conveniente llamarle la
atención para que supiera que tal conducta tiene que producir mal efecto en el círculo
íntimo de la familia. La dama de honor -como se había calculado- transmite al instante la
advertencia a María Antonieta, la cual se la refiere a las tías y a Vermond, y éste, por
último, la comunica a Mercy, el embajador de Austria, el cual, naturalmente, se queda
muy espantado -¡la alianza, la alianza!- y, por correo urgente, relata todo el asunto a la
emperatriz en Viena.
¡Dolorosa situación para la pía, para la beata María Teresa! Ella, que en Viena, por
medio de su famosa Comisión de Costumbres, hace azotar implacablemente y conducir al
esta blecimiento correccional a las damas de aquella clase, ¿va a tener que prescribir a su
propia hija que se muestre amable con una de tales criaturas? Pero por otra parte, ¿puede
ponerse enfrente del rey? Como madre, como estricta católica y como política. se halla
ante el más penoso de, los conflictos. Por último, se zafa del asunto, como antigua y hábil
diplomática, atribuyendo la cuestión a la cancillería de Estado. No es ella misma quien
escribe a su hija, sino que hace que su ministro de Estado Kaunitz, redacte un rescripto
dirigido a Mercy, con la comisión de exponer a María Antonieta este «excurso» político.
De esta manera se conserva la posición moral y, no obstante, la pequeña queda advertida
de cómo debe conducirse, pues Kaunitz explica: «Cometer faltas de cortesía hacia las
personas a quienes el rey ha admitido en su círculo es ofender a ese mismo círculo, y
todos tienen que respetar en tales personas el que el monarca mismo las considere dignas
de su confianza, y a nadie le es lícito permitirse examinar si lo ha hecho con razón o sin
ella. La elección del príncipe, del monarca mismo, tiene que ser estimada como
indiscutible».
Está claro, hasta quizá sobradamente claro. Pero María Antonieta se halla sometida a la
acción incitadora de sus tías. Cuando le leen la carta, le dice a Mercy, con su abandonada
manera habitual, un negligente «sí, sí» y un «está bien», mas piensa para sí que la vieja
peluca de Kaunitz puede charlar y charlar lo que quiera, pero que en los asuntos
particulares suyos no tiene para qué meterse ningún canciller. Desde que ha observado lo
espantosamente que se enoja aquella tonta, aque lla
sotte créature
, la escaramuza
proporciona doblado placer a la orgullosa muchachilla; como si nada hubiese ocurrido,
persevera, con maliciosa alegría, en su silencio ostensible. Cada día encuentra a la
favorita en bailes, fiestas, partidas de juego y hasta en la mesa del rey, y observa como la
otra espera su saludo, mira con el rabillo del ojo y tiembla de emoción cuando la delfina
se le acerca. Pero ¡que espere, que espere hasta el día del Juicio! Siempre vuelve a fruncir
despreciativamente los labios cada vez que su mirada toma casualmente aquella direc-
ción, y pasa, glacial, a su lado; la frase apetecida y anhelada por la Du Barry, por el rey,
por Kaunitz, por Mercy y hasta en secreto por María Teresa no es nunca pronunciada.
La guerra está ahora abiertamente declarada. Como en una lucha de gallos, se agrupan
los cortesanos en torno a las dos mujeres, que guardan resuelto silencio: la una, con
lágrimas de impotente furor en los ojos; la otra, con una despreciativa sonrisita de
superioridad en los labios. Todos quieren ver y saber, y hasta se cruzan apuestas sobre
cuál de las dos soberanas de Francia impondrá su voluntad, si la legítima o la ilegítima.
Versalles, desde hace años y años, no ha tenido espectáculo más divertido.
Pero ahora el rey se enoja más a fondo. Acostumbrado a que en el palacio todos
obedezcan bizantinamente sólo con que él mueva una ceja, a que cada cual corra
servilmente en la dirección que él quiera aun antes de que lo haya expresado con claridad,