por primera vez tropieza ahora con una oposición el cristianísimo rey de Francia: una
mozuela aún a medio desarrollar osa menospreciar en público sus mandatos. Lo más
sencillo, naturalmente, sería llamar a su presencia a esta arrogante testaruda y echarle una
enérgica reprimenda; mas en este hombre depravado y totalmente cínico se conserva aún
una última timidez: es para él enojoso ordenar a la adulta esposa de su nieto que tenga
una conversación con la
maîtresse
del señor abuelo. De este modo, Luis XV, en su
perplejidad hace exactamente lo mismo que María Teresa en la suya: convierte un asunto
particular en asunto de Estado. Con gran sorpresa suya, el embajador austríaco, Mercy, se
ve convocado a una confe rencia por el ministro francés de Asuntos Extranjeros, y no en
la sala de audiencias, sino en las habitaciones de la condesa Du Barry. Al punto comienza
a sospechar toda suerte de cosas, por esta singular elección de lugar, y ocurre
exactamente to que él ha esperado: apenas ha hablado algunas palabras con el ministro
cuando entra la condesa Du Barry, le saluda cordialmente y le refiere al detalle lo injusto
que se es con ella si se le atribuyen sentimientos hostiles hacia la delfina; al contrario, es
ella la que viene siendo calumniada. Para el buen embajador Mercy es enojoso
convertirse tan de repente de representante de la emperatriz en confidente de la Du Barry,
y habla con diplomacia una y otra vez. Pero entonces se abre silenciosamente la secreta
puer ta en la tapicería y Luis XV interviene, con toda su majestad, en la delicada
conversación. «Hasta ahora ha sido usted -le dice a Mercy- el embajador de la
emperatriz; sea usted ahora embajador mío por algún tiempo, se lo ruego.» Después se
expresa muy francamente sobre María Antonieta. La encuentra encantadora: pero siendo
como es muy joven y excesivamente llena de vida, y además casada con un esposo que
no sabe dirigirla, cae en toda suerte de intrigas y se deja dar malos consejos por otras
personas (alude a las tías, sus propias hijas). Ruega por eso a Mercy que emplee toda su
influencia para que la delfina modifique su conducta. Mercy comprende al instante que el
asunto se ha convertido en político; está en presencia de una orden clara y manifiesta que
tiene que ser ejecutada; el rey exige una capitulación completa. Bien se comprende que
Mercy, con toda celeridad, informa a Viena de la situación, y, para suavizar hasta aquí lo
penoso de su cometido, ponga algún amistoso afeite en el retrato de la Du Barry; no es
tan mala como parece, y todo su deseo consiste en una pequeñez: que la delfina, una sola
vez, le dirija públicamente la palabra. Al mismo tiempo, visita a María Antonieta, insiste
a insiste, y no vacila en emplear las armas más afiladas. La intimida aludiendo vagamente
a venenos con los cuales, en la corte francesa, ha sido suprimida más de una persona
altamente situada, y, con fuerza de persuasión muy especial, le describe la discordia que
puede producirse entre Habsburgos y Borbones. Éste es el naipe mejor de su juego: echar
sobre María Antonieta todas las culpas para el caso de que la alianza, la obra maestra de
su madre, llegue a ser rota a causa de su conducta.
Y en efecto, la artillería gruesa comienza a hacer su obra: María Antonieta se deja
atemorizar. Con lágrimas de cólera en los ojos promete al embajador que un día
determinado, en una partida de juego, dirigirá la palabra a la Du Barry. Mercy respira
profundamente. ¡Gracias a Dios! La alianza está salvada.
Una función de gala de primera categoría espera ahora a los íntimos de la corte. De
boca en boca pasa la misteriosa notifi cación: hoy, por la noche, la delfina dirigirá al fin
por primera vez, la palabra a la Du Barry. La escena está dispuesta con todo cuidado y la
réplica convenida anticipadament e. Por la noche, en el salón de juego -así está acordado
entre el embajador y María Antonieta-, al final de una partida, Mercy se acercará a la
condesa Du Barry a iniciará con ella una pequeña conversación. Entonces, siempre como
por casualidad, pasará por a11í la delfina, se acercará al embajador, lo saludará y, en esta
ocasión, dirá también algunas palabras a la favorita. Todo está excelentemente planeado.