cabellos, desde su raíz, sobre la frente, rectos como cirios, hasta una altura
aproximadamente doble de la de una gorra de granadero prusia no; después, en este
espacio aéreo, a medio metro por encima de las cejas, comienza realmente el imperio
plástico del artista. No sólo paisajes completos y panoramas, con frutas, jardines, casas y
navíos en movidos mares, toda una visión multicolor del universo, modelado con el peine
sobre esos
poufs o ques-à-quo
(así se llaman, según un libelo de Beaumarchais), sino que
también, para hacer la moda más rica en cambios, estas construcciones representan
simbólicamente los acontecimientos del día. Todo lo que ocupa a aquellos cerebros de
colibrí, lo que llena aquellas cabezas de mujer, en general vacías, tiene que ser anunciado
por el peinado. ¿Produce sensación la ópera de Gluck? Al instante inventa Léonard una
coiffure à la lphigénie
con negras cintas de luto y la media luna de Diana. ¿Es vacunado
el rey contra la viruela? Pronto aparece representado este acontecimiento emocionante
por medio de los
pouf de l’inoculation
. Llega la insurrección americana a ponerse a la
moda, y al punto es la vencedora del día la
coiffure
de la libertad; y, cosa aún más vil y
estúpida, cuando son saqueadas las panaderías de París, durante la crisis del hambre, esta
frívola sociedad de cortesanos no sabe hacer nada más importante que mostrar este
suceso en los
bonnets de la révolte
. Estas edificaciones artificiales sobre las huecas
cabezas ascienden cada vez más locamente. Poco a poco, las torres capilares, gracias a
ocultos refuerzos y a postizos mechones, se hacen tan altas, que las damas que las llevan
ya no pueden sentarse en sus carrozas, sino que tienen que ir de rodillas, levantándose las
faldas, pues en otro caso el precioso edificio capilar tropezaría con el techo del carruaje.
En los palacios se hacen más altos los dinteles de las puertas, a fin de que las damas en
gran
toilette
no necesiten siempre inclinarse al pasar por ellas; en los palcos de los teatros
se aboveda el techo. El especial tormento que estos moños ultraterrestres constituyen para
los amantes de tales damas es cosa sobre la cual se encuentran pasajes divertidos en las
sátiras contemporáneas. Pero cuando se trata de una moda, las mujeres, según se sabe,
están siempre dispuestas a todo sacrificio, y, por su parte, la reina se imaginaría, sin duda
alguna, no ser realmente tal si no introdujera o sobrepasara todas estas locuras.
De nuevo resuena el eco en Viena: «No puedo impedirme de tocar un punto que, con
mucha frecuencia, encuentro repetido en las gacetas: me refiero a tus peinados. Se dice
que, desde la raíz del pelo, tienen treinta y seis pulgadas de alto, y encima aún hay
plumas y lazadas». Evasivamente responde la hija a la
chére maman
que, aquí, en
Versalles, están ya los ojos tan acostumbrados a eso, que todo el mundo -por todo el
mundo entiende siempre María Antonieta el centenar de damas de la corte- no encuentra
en ello nada sorprendente. Y maese Léonard continúa edificando cada vez a mayor altura,
hasta que al todopoderoso se le ocurre cortar aquella moda, y al año siguiente son
demolidas las torres, cierto que para ceder el puesto a una moda aún más costosa: la de
las plumas de avestruz.
Tercer cuidado: ¿puede cambiarse siempre de vestido sin hacer lo mismo con las
alhajas correspondientes? No, una reina necesita mayores diamantes, perlas mucho más
gruesas que las de todas las otras damas. Necesita más anillos, sortijas, pulseras y
diademas, cordones de piedras finas para los cabellos, más hebillas para el calzado o
guarniciones de diamantes para los abanicos pintados por Fragonard, que las que ostentan
las mujeres de los hermanos más jóvenes del rey y las otras señoras de la corte. Verdad
que tiene ya los ricos diamantes recibidos de Viena, como dote, y toda una arquilla con
joyas de fami lia que Luis XV le regaló cuando la boda. Mas ¿para qué sería reina sino
para comprar piedras preciosas siempre nuevas, más bellas y caras? María Antonieta, lo
sabe todo el mundo en Versalles -y ha de mostrarse pronto que no es bueno que todo el
mundo hable y cuchichee acerca de ello-, está loca por las alhajas. Jamás puede resistir