figuradas en la madera, a fin de que todo haga impresión de podrido y antiquísimo; los
humeros de las chimeneas son ennegrecidos con humo. Pero por dentro algunas de las
casitas aparentemente arruinadas se hallan provistas de todas las comodidades, con
espejos y estufas, billares y cómodos canapés. Pues si la reina se aburre alguna vez y
tiene gusto en jugar a Jean-Jacques Rousseau, haciendo quizá manteca con sus propias
manos, con sus damas de corte, en ningún caso es lícito que, al hacerlo, se ensucie los de-
dos. Si visita, en su establo, a sus vacas
Brunette
y
Blanchette
, naturalmente es pulido
antes el suelo como un parqué por una mano invisible; la piel de las vacas, almohazada
hasta ser de un blanco de flores y un pardo de caoba; la espumeante leche es servida no
en un grotesco cubo de aldeano, sino en vasos de porcelana especialmente hechos en la
fábrica de Sèvres. Este
hameau
, hoy encantador a causa de su ruina, era para María
Antonieta un teatro a la luz del día, una
comédie champêtre
frívola, casi provoca tiva
justamente a causa de su frivolidad. Pues mientras ya en toda Francia los aldeanos se
amotinan, mientras la verdadera población campesina, abrumada de impuestos. exige
tumultuosamente, con desmedida excitación, una mejora en su insostenible situación, en
esta aldeíta de teatro a la Potemicine reina un abobado y embustero bienestar. Atadas con
cintitas azules, son llevadas al pasto las ovejas; bajo una sombrilla, sostenida por una
dama de la corte, contempla la reina cómo las lavanderas aclaran la ropa blanca en el
arroyo mur murador: ¡ay!, es tan deliciosa esta sencillez tan moral y tan cómoda; todo es
limpio y encantador en este mundo paradisíaco; tan pura y clara es aquí la vida como la
leche que brota de la ubre de la vaca. Se ponen vestidos de fina muselina de una sencillez
campestre (y se hacen retratar con ellos pagando algunos miles de libras); se entregan a
inocentes placeres; rinden homenaje al
goût de la nature
con toda la frivolidad de los ahí-
tos de todo. Pescan, cogen flores, pasean -rara vez solos- a través de los entrecruzados
senderos, corren por las praderas, ven trabajar a los buenos aldeanos falsificados, juegan
a la pelota, bailan minués y gavotas sobre campos floridos en lugar de hacerlo sobre
pulidas baldosas, cuelgan columpios entre los árboles, construyen un chinesco juego del
anillo, se pierden y se encuentran entre las casitas y los caminitos umbrosos, montan a
caballo, se divierten y hacen representar comedias en medio de aquel teatro natural y, por
último, acaban por representarlas ellos mismos para otros.
Esta pasión teatral es la última que descubre en sí la reina María Antonieta.
Primeramente se mandó construir un pequeño teatrito particular, aún hoy conservado,
delicioso en sus lindas proporciones -el capricho no costó más que 141.000 libras -, para
que representaran allí comediantes italianos y franceses; pero después, con audaz
decisión, salta ella misma, de pronto, sobre la escena. El divertido grupito que la rodea se
encanta, igualmente, con hacer comedias; su cuñado el conde D'Artois, la Polignac y sus
amigos trabajan gustosos con ella: hasta el mismo rey va alguna vez para admirar a su
mujer como actriz, y de este modo el alegre carnaval de Trianón dura todo el año. Hay
fiestas, ya en honor del esposo, o del herma no, ya de príncipes extranjeros, huéspedes de
Versalles, a quienes María Antonieta quiere mostrar su encantado imperio; fiestas en las
cuales millares de lucecitas escondidas, reflejadas por vidrios de colores, centellean en la
oscuridad como amatistas, rubíes y topacios, mientras que chisporroteantes garbas de fue-
go surcan el cielo y una música, que toca invisible en un lugar próximo, se deja oír
dulcemente. Se organizan banquetes de centenares de cubiertos; se construyen puestos de
feria para bromas y danzas, y el inocente paisaje sirve, obediente, de refinada decoración
de fondo a todo aquel lujo. No; no se aburre uno en medio de la «naturaleza». María
Antonieta no se ha retirado a Trianón para hacerse reflexiva, sino para divertirse mejor y
más libremente.