La primera favorita de la reina, madame de Lamballe, fue una elección relativamente
afortunada. Perteneciente a una de las primeras familias de Francia, y por ello no
codiciosa de dinero ni de poder; naturaleza delicada y sentimental, no muy inteligente,
pero al propio tiempo tampoco una intrigante; no muy notable, pero tampoco ambiciosa,
corresponde al cariño de la reina con una real amistad. Sus costumbres pasan por ser
irreprochables, su influencia se limita al círculo de la vida privada de la reina; no
mendiga protección para sus amigos ni para su familia; no se mezcla en los asuntos de
Estado ni en la política. No tiene ninguna sala de juego; no arrastra más profundamente a
María Antonieta en el torbellino de los placeres, sino que le conserva, discreta y
constantemente, su fidelidad, y una muerte heroica imprime, por fin, el sello de su
amistad.
Pero una noche se extingue repentinamente su poder, como una luz bajo un soplo. En
un baile de corte, el año 1775, descubre la reina una joven a quien no conoce todavía,
conmove dora en su modesta gracia, angelicalmente pura la mirada azul, de una
delicadeza virginal toda la figura; a sus preguntas le dan el nombre de la condesa de Jules
Polignac. Esta vez no es, como en el caso de la princesa de Lamballe, una simpatía
humana que asciende poco a poco hasta la amistad, sino un repentino interés apasionado,
un
coup de foudre
, una especie de ardiente enamoramiento. María Antonieta se acerca a
la desconocida y le pregunta por qué se le ve tan rara vez en la corte. No es lo bastante
acomodada para costear los gastos de la vida de palacio, confiesa sinceramente la
condesa de Polignac, y esta franqueza encanta a la reina, pues ¿qué alma pura tiene que
ocultarse en esta mujer encantadora para que confiese con tan conmovedora sinceridad, a
las primeras palabras, que padece la más terrible vergüenza en aquellos tiempos, el no
tener dinero? ¿No será ésta, para ella, la amiga ideal tanto tiempo buscada? Al punto
María Antonieta trae a la corte a la condesa de Polignac y amontona sobre ella tal suerte
de sorprendentes privilegios que excita la envidia general; va con ella públicamente
cogida del brazo, la hace habitar en Versalles, la lleva consigo a todas partes y hasta llega
una vez a trasladar toda la corte a Marly sólo para poder estar más cerca de su idolatrada
amiga, que está a punto de dar a luz. Al cabo de pocos meses, aquella noble arruinada ha
llegado a ser dueña de María Antonieta y de toda la corte.
Pero, desgraciadamente, este ángel tierno a inocente no desciende del cielo, sino de una
familia pesadamente cargada de deudas, que quiere amonedar celosamente para sí aquel
favor inesperado; bien pronto los ministros de Hacienda saben algo de tal cuestión.
Primeramente son pagadas cuatrocientas mil libras de deudas; la hija recibe como dote
ochocientas mil; el yerno, una plaza de capitán, a lo que se añade, un año más tarde, una
posesión rústica que rinde setenta mil ducados de renta; el padre, una pensión, y el
complaciente esposo, a quien en realidad hace mucho tiempo que ha sustituido un
amante, el título de duque y una de las prebendas más lucrativas de Francia: los correos.
La cuñada Diana de Polignac, a pesar de su mala fama, llega a ser dama de honor de la
corte, y la misma condesa Julia, aya de los hijos de la reina; el padre, además de su
pensión, aún llega a ser embajador, y toda la familia nada en la opulencia y los honores, y
derrama además sobre sus amigos el cuerno de la abundancia repleto de favores; en una
palabra, este capricho de la reina, esta familia de Polignac, le cuesta anualmente al Estado
medio millón de libras. «No hay ningún ejemplo -escribe espantado a Viena el embajador
Mercy- de que en tan poco tiempo una suma de tanta importancia haya sido adjudicada a
una sola familia.» Ni siquiera la Maintenon o la Pompadour han costado más que esta
favorita de ojos angelicalmente bajos, que esta tan modesta y bondadosa Polignac.
Los que no son arrebatados por el torbellino contemplan, se asombran y no comprenden
la ilimitada condescendencia de la reina, que deja que abuse de su nombre regio, de su