deseos, sino que se guarda silencio: el duro, maligno y astuto silencio de una
conspiración.
El cuartel general de esta secreta conjura está repartido entre los cuatro o cinco palacios
de la familia real: el de Luxemburgo, el Palais Royal, el de Bellevue y hasta el mismo
Versalles, todos se han coligado en contra de Trianón, la residencia de la reina.
El coro de la malevolencia está dirigido por las tres viejas tías. No han olvidado todavía
que la joven delfina ha huido de su escuela de malignidad y que la reina está muy por
encima de
Mesdames
; enojadas porque no representan ya ningún papel, se han retirado al
palacio de Bellevue. Allí, muy abandonadas y aburridas, permanecen en sus habitaciones
durante los primeros años de triunfo de María Antonieta; nadie se preocupa de ellas,
porque todas las atenciones se agitan y revolotean en torno a la joven y hechicera
soberana, que tiene todo el poder entre sus ligeras y blancas manos. Pero cuanto más se
va haciendo impopular María Antonieta con tanta mayor frecuencia se abren las puertas
del palacio de Bellevue. Todas las damas que no han sido invitadas a Trianón, la
despedida «Madame Etiqueta», los ministros dimitidos, las mujeres feas y que, por
consiguiente, han seguido siendo virtuosas, los gentileshombres retirados, los piratas de
colocaciones que no han logrado presa, todos los que aborrecen el «nuevo orden de las
cosas», que se duelen melancólicamente de la pérdida de la antigua tradición francesa, de
la devoción y de las «buenas» costumbres, se dan cita en este salón de los
menospreciados. La vivienda de las tías en Bellevue llega a ser una secreta botica de
venenos, en la cual todos los rencorosos chismes de la corte, las más nuevas locuras de la
«austríaca», los
on dit
acerca de sus aventuras galantes. son destilados gota a gota y
conservados en frascos; aquí es donde se establece el gran arsenal de todas las maliciosas
comadrerías, el mal afamado
atelier des calomnies
; aquí es donde se compone. se leen en
voz alta y se ponen en circulación los mordaces
couplets
que resuenan después
alegremente por Versalles; aquí es donde se reúnen, con intenciones aviesas y
disimuladas, todos los que querrían que la rueda del tiempo girara otra vez hacia atrás,
todos los vivientes cadáveres desengañados, destronados, sin cargo alguno, las larvas y
momias de un mundo pasado, toda la acabada generación vieja, para vengarse de ser vieja
y acabada. Pero el veneno de este almacena do odio no se dirige contra el «pobre y buen
rey», a quien, hipó critamente, compadecen, sino sólo contra María Antonieta, la joven,
deslumbrante y dichosa reina.
Más peligrosa que esta desdentada gente de ayer y anteayer, que ya no puede morder,
sino sólo salpicar la baba, es la nueva generación, que nunca ha logrado todavía el poder
y no quiere permanecer más tiempo en la oscuridad. Versalles, con su conducta
exclusivista a indolente, se ha apartado tanto, irreflexivamente, de la verdadera Francia,
que ya no advierte siquiera las nuevas corrientes que agitan al país. Una burguesía
inteligente acaba de abrir los ojos, se ha instruido acerca de sus derechos en las obras de
Jean-Jacques Rous seau, mira en la vecina Inglaterra una democrática forma de gobierno;
los que regresan de la guerra de la independencia norteamericana traen el mensaje de que
existe un país extranjero en el cual la diferencia de casta y clases sociales ha sido
suprimida por la idea de la igualdad y la libertad. Mas en Francia sólo ven estancamiento
y decadencia, nacidos de la total incapacidad de la corte. Unánimemente, a la muerte de
Luis XV, había esperado el pueblo que por fin estaría terminada entonces la vergüenza
del gobierno de las
maîtresses
, el escándalo de las indignas protecciones; en lugar de
ellas, reinan otra vez ahora las mujeres: María Antonieta y, detrás de ella, la Polignac. La
burguesía ilustrada ve con creciente amargura cómo se descompone el poder político de
Francia, cómo crecen las deudas, cómo decaen el ejército y la armada; se pierden las