arra nca, arrastra, estalla, atruena y llega a ser, gracias al cielo, un grito general, un
crescendo público, un coro universal de odio y proscripción. ¿Quién diablos la
resistiría?»
Pero María Antonieta oye mal, como siempre, al cómico personaje. Si no, habria tenido
que comprender que aquí, en un juego aparentemente ligero, se trata nada menos que de
su propio destino. La comedia rococó termina definitivamente con esta última
representación del 19 de agosto de 1785;
incipit tragaedia.
EL ASUNTO DEL COLLAR
¿Qué es lo que, en realidad, había sucedido? No es fácil exponerlo en un relato al que
se pueda prestar fe, pues de hecho, tal como el asunto del collar se desenvolvió, es lo más
inverosímil de lo inverosímil, en forma que no sería aprovechable, por su fa lta de
credibilidad, ni para una novela. Pero cuando la realidad tiene una sublime ocurrencia y,
al mismo tiempo, se encuentra en uno de sus días poéticos, excede en fantasía y en arte
de invención al mejor provisto de dotes imaginativas de todos los poetas. Entonces
también, empero, harán mejor todos los poetas en dejarla que siga libremente su juego,
sin pretender añadir combinación alguna a su genial arte combinatorio; hasta el mismo
Goethe, que en
El Gran Copto
intentó dramatizar la historia del collar, sólo consiguió
transformar en broma vulgar lo que en realidad fue una de las farsas más descaradas, más
chispeantes y más emocionantes de la Historia. Juntando todos las comedias de Molière,
no se logra reunir un conjunto tan abigarrado y divertido de bribones, trapaceros y
embaucadores, de orates y de gentes tan deliciosamente burladas como en esta alegre «
olla podrida» , en la cual una urraca ladrona, un zorro ungido con todos los ungüentos de
la charlatanería y un oso chabacano y crédulo componen la más insensata bufonada de la
Historia Universal.
En el centro de toda auténtica y verdadera comedia se encuentra siempre una mujer. La
del asunto del collar, hija de un noble arruinado y de una corrompida criada de servir, se
crió como una sucia y abandonada mendiga que va descalza a robar patatas por los
campos y que por un pedazo de pan guarda las vacas de los aldeanos. Después de la
muerte del padre, se entrega la madre a la prostitución y la pequeña al pordioseo: se
habría envilecido totalmente sin la feliz casualidad de que. a los siete años, le pidiera
limosna en un camino a la marquesa de Boulainvilliers con este asombroso lamento:
«¡Piedad para una pobre huérfana de la sangre de los Valois!». ¿Cómo? ¿Seme jante niña,
piojosa y medio muerta de hambr e, descendiente de una casa real? ¿De la piadosa sangre
de san Luis? Imposible, piensa la marquesa. Pero, sin embargo, hace parar su carroza e
interroga a la mendigüela.
En el asunto de collar, ya desde el principio hay que acostumbrarse a admitir como
verdad lo más increíble; lo más aturullante se convierte en él en realidad. Esta Jeanne es
realmente hija legítima de Jacques de Saint-Rémy, por su profesión cazador furtivo,
borracho y terror de los aldeanos, pero, a pesar de ello, un directo y auténtico
descendiente de los Valois, que, en cuanto a categoría y antigüedad, en nada ceden a los
Borbones. La marquesa de Boulainvilliers, conmovida de ver tan fantásticamente caída
en la miseria a una descendiente real, lleva al punto consigo a la muchacha junto con una
hermana más joven, y las hace educar, a su costa, en un pensionado. A los catorce años
entra Jeanne como aprendiza en casa de una mo dista; después se hace lavandera,
planchadora, aguadora, costurera de blanco, y, por último, es internada en un convento
para doncellas nobles.