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Comentario
Desde la entrada al pequeño corredor que unía las dos cabinas en la proa de la
astronave, Mario Esteban Rioz miraba con gesto irritado cómo Ted Long ajustaba con
dificultad los mandos del video. Long probó ligeramente hacia la derecha y luego hacia la
izquierda: la imagen era defectuosa.
Rioz sabía que seguiría siendo defectuosa: estaban excesivamente lejos de la Tierra y
en mala posición, cara al sol. Pero no cabía esperar que Long lo supiese. Rioz siguió de
pie en la entrada por unos instantes, con la cabeza gacha para no tocar en el dintel
superior, y el cuerpo encogido para adaptarse a la estrecha abertura. Luego saltó hacia la
cocina como un tapón que salta de una botella.
—¿Qué buscas? —preguntó.
—Creí poder captar a Hilder —dijo Long.
Rioz apoyó su trasero en el ángulo de un estante que servía de mesa, cogió un envase
cónico de leche del estante superior, lo alzó por encima de su cabeza y el vértice saltó al
presionarlo. Lo hizo girar suavemente para que se calentara.
—¿Para qué? —preguntó mientras invertía el cono, y luego sorbió ruidosamente.
—Pensé que podría oírle. —Eso es malgastar energía. Long le miró con el ceño
fruncido.
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