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Comentario
La mirada fría de Kull se nubló de perplejidad cuando el alto guerrero bronceado irrumpió en sus
aposentos privados donde él permanecía ociosamente sentado, tomando vino de loto y contemplando
desde la ventana de palacio las nubes blancas que se deslizaban sobre el mar azulado del cielo. A
excepción del corto faldón de cuero, el guerrero iba tan desnudo como la larga espada de hierro que
sostenía en el puño cubierto de cicatrices, y su rostro habitualmente impertérrito se hallaba cubierto ahora
por una expresión de furia. Kull lanzó un suspiro y dejó la copa de vino a un lado....
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