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Comentario
Daniel corrió al taller cuando oyó los martillazos. Tenían un ritmo, una melodía
disonante que anunciaba que su padre estaba terminando la papirola. Los martillazos
normales eran rutinarios y machacones, un ruido más en la casa, como el crujido de una
puerta o el gemido de las cañerías. Cuando su padre terminaba un trabajo, en cambio,
había en cada golpe una alegría que Daniel había aprendido a identificar...
Bajó la escalera, atravesó el living y la cocina, abrió la puerta interna que daba al garaje
que su padre usaba como taller. Había olor a cigarrillo y yerba mate, y el habitual
abarrotamiento de latas, herramientas, papeles y telas sobre la mesa y los estantes. Su
padre se limpiaba las manos con un trapo...
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