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Comentario
El que había pronunciado estas palabras era un soberbio tipo de anciano, mayor de
sesenta años, de aspecto rudo y robusto, anchas espaldas, brazos musculosos y bronceada piel
que los vientos punzantes y los rayos ardientes del sol de la estepa habían vuelto áspera. Sus
ojos negros y brillantes, la nariz como pico de loro y una larga barba blanca le cubría hasta la
mitad del pecho. Por las prendas que vestía se notaba en seguida que pertenecía a una clase
elevada: su amplio turbante era de abigarrada seda entretejida con hilos de oro; la casaca de
paño fino con alamares de plata y las botas, de punto muy levantada, de marroquí rojo.
Empuñaba un auténtico sable de Damasco, una de esas famosas hojas que se fabricaban
antiguamente en la célebre ciudad y que parecían estar formadas por sutilísimas láminas de
acero superpuestas para que fueran flexibles hasta la empuñadura....
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