 |
|
Comentario
MATUTE
En esos días no eran muchas las barcazas que bajaban por el Hio. En cualquier caso,
no llevaban pioneros a bordo, ni familias de colonos, ni herramientas, ni muebles, ni
semillas, ni algunos lechones con que iniciar una piara. Bastaban un par de flechas
encendidas para que los primeros pieles rojas que pasaban se alzaran de inmediato con
un precioso botín de cabelleras chamuscadas que luego venderían a los franceses de
Detroit.
Pero Matute Palmer no tenía ese problema. Todos los pieles rojas conocían bien su
barcaza, repleta de toneles. En el interior de casi todos ellos se mecía el whisky con un
rumor inconfundible, prácticamente el único son musical que comprendían los indios.
Pero, en medio de semejante carga, había un barril que no emitía sonido alguno. No
llevaba licor sino pólvora, y en su parte superior se distinguía una mecha.
¿Para qué le servía la pólvora? Podían ir flotando corriente abajo, tomando las curvas
con las pértigas bien afirmadas, y de pronto aparecer un grupo de canoas atestadas de
pieles rojas carapintadas, de la tribu kicky-poo. O quizá vieran arder una fogata cerca de
la costa y, alrededor de ella, un corro de frenéticos diablos shawnee dispuestos a arrojar
una nube de flechas incandescentes
| |