 |
|
Comentario
Quiero reconocerlo: lo primero que me llamó la atención fue su muerte. Los diarios la contaban y
decían que había sido por una causa o un amor: en los últimos días de aquel siglo, las dos razones sonaban tan
extrañas. Morir por una idea o por una pasión son dos anacronismos diferentes, pero participan de la misma
esperanza: que más allá de aquí y ahora existe algo mejor, sin lo cual todo esto es muy poquita cosa.
La muerte de Soledad me llevó a la de su novio, Edoardo: este libro podía haber sido la historia de dos
muertes solitarias —y por lo tanto misteriosas. Un hombre y una mujer que se amaron aparecen colgados de
formas semejantes en una celda y una granja del Piamonte. Allí quedaban sus vid as, sus misterios: cómo saber
qué pasa cuando dos mueren solos, cuando no dejan notas que lo expliquen, cuando dejan enigmas. Toda
muerte es una certeza que despierta infinidad de dudas —y algunas, muchas más. Es verdad: sus muertes me
llevaron a buscarles la vida. A primera vista sus muertes cambiaron sus vidas por completo: las hicieron dignas
de alguna forma de la historia. Quizás, en esta historia, sus vidas puedan cambiar sus muertes: prestarles un
sentido, darles vida.
| |