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Comentario
Caían llameantes de un cielo ciego, y en los primeros días murieron diez mil de ellos. Los
gritos resonaron en nuestras cabezas y las mujeres corrieron hacia las colinas para no
oírlos. Pero no había ninguna escapatoria posible… ni para ellas ni para ninguno de
nosotros. La muerte ardía en el cielo, y lo más terrible, lo más increíble de todo era que
aquella muerte, o mejor dicho aquella cosa que moría, no éramos nosotros.
Comenzó al caer la noche. El primero apareció como una estrella fugaz surgiendo de la
oscuridad. Apenas se había desvanecido en las tinieblas cuando surgió otro, y luego otro
más, y muy pronto el cielo se convirtió en un brillante cofre resplandeciente con el fuego de
desconocidos diamantes...
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