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Comentario
Las sirenas, con su canción de alarma, alertaron a la ciudad.
Mientras los habitantes buscaban refugio en las entrañas de la urbe, mientras las
armas apuntaban hacia aquel lugar del grisáceo cielo por donde se suponía que no
tardarían en aparecer los rugientes pájaros metálicos, mientras los computadores
programaban órdenes que eran recibidas en los puestos defensivos por medio de
pantallas de televisión, mientras unos esperaban comenzar a divertirse y otros esperaban
comenzar a sufrir, un hombre murmuraba:
- Maldito, maldito sea el juego de la guerra.
Era Barsén, que desde hacía tiempo ya no sabía si amaba u odiaba a la humanidad.
(- Pero, yo también soy humanidad. Los pecados de la humanidad, son mis pecados.
Porque, para combatir la violencia, he usado de la violencia. Es posible que nadie sea
culpable, pero tampoco nadie es inocente. Todos, de una forma o de otra, participamos en
el juego de la guerra, el más peligroso y abominable juego que hayamos podido inventar
los hombres.
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