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Comentario
Salsa de tomate, mostaza, condimentos, mayonesa, dos clases de aderezo para
ensalada, grasa de tocino, y un limón. Ah sí, dos cubeteras con hielo. En el aparador no
había mucho más: tarros y cajas de especias, harina, azúcar, sal... ¡y una caja de pasas
de uva!
Una caja de pasas de uva vacía.
Ni siquiera café. Ni siquiera té, que él odiaba. No había nada en el buzón, fuera de una
cuenta de Underwood's: A menos que recibamos las cuotas atrasadas de su cuenta...
En el bolsillo de la chaqueta le tintineaban cuatro dólares con setenta y cinco centavos,
en monedas..., el botín de la venta de la botella de Chianti que se había prometido no
abrir nunca. Escapó a la desagradable tarea de vender los libros. Todos habían sido
vendidos ya. Había despachado la carta a Graham hacía una semana. Si su hermano
pensara enviarle algo esta vez, ese algo ya habría llegado.
Debería estar desesperado, pensó. Quizá lo estoy.
Podría haber buscado en el Times. Pero no, era demasiado deprimente... acudir a
empleos de cincuenta dólares por semana y ser rechazado. No es que los culpase: él
mismo no se hubiese contratado. Durante años había sido un saltamontes. Las
hormigas le conocían las tretas.
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