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Comentario
Bâtard (Bastardo en francés) era un demonio. Esto era algo que se sabía por todas las tierras del Norte.
Muchos hombres le llamaban «Hijo del Infierno», pero su dueño, Black Leclère, eligió para él el ofensivo
nombre de Bâtard. Y como Black Leclère era también un demonio, los dos formaban una buena pareja.
Hay un dicho que asegura que cuando dos demonios se juntan, se produce un infierno. Esto era de esperar,
y esto fue lo que sin duda se esperaba cuando Bâtard y Black Leclère se juntaron. La primera vez que se
vieron, siendo Bâtard un cachorro ya crecido, flaco y hambriento y con los ojos llenos de amargura, se
saludaron con gruñidos amenazadores y perversas miradas, porque Leclère levantaba el labio superior y
enseñaba sus dientes blancos y crueles, como si fuera un lobo. Y en esta ocasión lo levantó, y sus ojos
lanzaron un destello de maldad, al tiempo que agarraba a Bâtard y lo arrancaba del resto de la camada, que
no cesaba de revolcarse. La verdad es que se adivinaban el pensamiento, porque tan pronto como Bâtard
clavó sus colmillos de cachorro en la mano de Leclère, le cortó éste la respiración con la firme presión de
sus dedos
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