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Comentario
Bill pateó el cubo, luego le propino un puntapié a una silla y la redujo a astillas. No es
que estuviese enfadado, aunque tenía buenas razones para sentirse malhumorado y
susceptible, atascado allí, en aquella insignificante estación de suministros en medio de
ninguna parte. El, todo un héroe galáctico, reducido a desempeñar la más baja de las más
bajas labores. Lloriqueó de autocompasión ante el brumoso recuerdo de pasadas glorias,
obligado ahora a conducir un toro para cargar cajas gigantescas de papel multiuso en las
naves interespaciales que viajaban por el espacio exterior. Era papel de lija por un lado y
papel higiénico por el otro, y pobre de aquel que no leyera las instrucciones de la caja.
Pero no, a pesar de lo desagradable de aquel trabajo, la preocupación real de Bill era un
problema físico de la naturaleza más personal. Su pie derecho se estaba convirtiendo en
piedra, y estaba perdiendo el control sobre él. Volvió a lloriquear, pisó con repentina y
amarga ira, y luego arrancó el pie del agujero que había hecho en el suelo.
Había comenzado como un pie realmente bonito. Bill había llegado incluso a
acostumbrarse a los dedos de más, pero aquello de que se le convirtiera en piedra se le
estaba escapando de las manos; o más bien del pie. Ya pesaba dieciséis kilos, y
aumentaba de peso rápidamente. Bill se sentía como si fuera arrastrando por ahí un
bloque de lava, y una vez que conseguía ponerlo en movimiento, era difícil de detener, a
menos que se lo estrellara contra algo. La tripulación de a bordo de la estación de
suministros le dejaba mucho espacio y los robots de reparaciones le seguían por todas
partes como perritos falderos
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