 |
|
Comentario
EL humor, el juego verbal, el cine y una nostalgia pertinaz por una ciudad que
tal vez nunca existió, son los ingredientes principales de la obra de Guillermo
Cabrera Infante. La Habana que aparece en sus cuentos, novelas y crónicas, y que
deja un recuerdo tan vívido en la memoria del lector, debe seguramente o como el
Dublín de Joyce, el Trieste de Svevo o el Buenos Aires de Cortázar o mucho más a
la fantasía del escritor que a sus recuerdos. Pero ella está ahora allí,
contrabandeada en la realidad, más verdadera que la que le sirvió de modelo,
viviendo casi exclusivamente de noche, en unos convulsos años
prerrevolucionarios, sacudida de ritmos tropicales, humosa, sensual, violenta,
periodística, bohemia, risueña y gansteril, en su sabrosa eternidad de palabras.
Ningún escritor moderno de nuestra lengua, con la excepción tal vez del inventor
de Macondo, ha sido capaz de crear una mitología citadina de tanta fuerza y
color como el cubano.
| |