 |
|
Comentario
El primer impacto rajó la nave cual si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres
fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se
diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos,
proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.
-Barkley, Barkley, ¿dónde estás?
Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.
-¡Woode, Woode!
-¡Capitán!
-Hollis, Hollis, aquí Stone.
-Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?
-¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo... Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!
Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados.
Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez
de hombres eran sólo voces.
Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de
terror y resignación.
-Nos alejamos unos de otros.
Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo
aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo.
Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras
las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas.
Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían
salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar
una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades
| |