 |
|
Comentario
La joven pareja —de cabellos negros, piel oscura, probablemente mexicanos o
portorriqueños— permanecía de pie, presa de nerviosismo, junto al mostrador de Herb
Lackmore y el muchacho, el marido, decía en voz baja:
—Señor, queremos que nos ponga a dormir. Queremos transformarnos en bibs.
Dejando su escritorio, Lackmore caminó hasta el mostrador, y aunque no le
gustaban los Cols (parecía que cada mes llegaban más a la sucursal del Ministerio de
Bienestar Social Especial, en Oakland), dijo con un tono de voz como para tranquilizar
a ambos:
—¿Lo habéis pensado bien, muchachos? Es una decisión importante. Podríais
quedar fuera de acción cerca de doscientos años. ¿Habéis consultado al menos a
algún consejero profesional?
El muchacho, mirándola a ella, tragó saliva y murmuró:
—No, señor. Lo hemos decidido entre mi esposa y yo. Ninguno de nosotros puede
encontrar trabajo y en cualquier momento nos desalojarán del dormitorio. Ni siquiera
tenemos vehículo, y sin un vehículo no se puede hacer nada. No se puede ir a ninguna
parte. No se puede ni buscar trabajo
| |