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Comentario
El hermano Francis Gerard de Utah nunca hubiese encontrado el documento
sagrado si el peregrino del taparrabos no se le hubiera aparecido de pronto en el
desierto, donde el joven monje proseguía su ayuno de cuaresma. El hermano Francis
nunca había visto un peregrino con taparrabos, pero le bastó una ojeada para descubrir
que el personaje parecía realmente auténtico. Era un viejo alto y delgado con báculo,
sombrero de paja y una barba revuelta, manchada de amarillo en el mentón. Caminaba
cojeando y llevaba un odre pequeño a la espalda. El taparrabos - su única vestimenta,
junto con el sombrero y las sandalias- era un andrajo sucio de arpillera.
El peregrino venía arrastrando los pies por la senda quebrada del norte - silbando
desafinadamente - y parecía encaminarse a Abadía de los Hermanos de Leibowitz, diez
kilómetros al sur. El peregrino y el monje se vieron través de una extensión de antiguos
escombros. El peregrino dejo de silbar y miró con curiosidad. El monje, sujeto a las
reglas de silencio y soledad de los días de cuaresma, apartó rápidamente ojos y
continuó con su trabajo: la construcción de un muro piedras para proteger de los lobos
su habitación provisional. M debilitado luego de una dieta: diez días de frutas de cactos,
sintió que la cabeza le daba vueltas y que en el paisaje tembloroso bailaban unas
manchas negras. Pensó en un momento si la barbuda aparición no seria un espejismo
causado por el hambre, pero al cabo de un rato el peregrino lo llamó animadamente,
con una voz agradable y melodiosa:
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