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CARRUSEL


 
Comentario
Un montículo señalaba la tumba del ajusticiado. El sol se ponía en esos instantes; se alargaron las sombras de las dunas y pasaron sobre el túmulo como un parpadeo. Los hombres emprendieron la vuelta a la base. A lo lejos se recortaban contra el cielo las primeras colinas del extremo meridional de la Gran Syrte, la mancha verde del planeta. El frío de la noche marciana se abatió sobre el yermo. Se recubrió el arenal de gemas: gotículas de agua rápidamente congeladas. Una túnica púrpura, recamada de brillantes, rodeó la Gran Syrte. Deimos asomó un cuerno en lontananza, y se lanzó en raudo vuelo por encima de las constelaciones. Los despojos del muchacho descansaban envueltos en la mullida piel del planeta. Ya no sangraban las heridas, obturadas por el polvo: el sedimento le insufló al cadáver su milenario calor. Lo impregnó con su decantación eónica. Se removió el montículo, y surgió de él una mano que se agitó bajo el resplandor astral, seguida de inmediato por una faz enrojecida, por cuyas mejillas resbaló la arena. Los revividos dedos limpiaron los ojos, las narices y los labios. Ilya, enterrado hasta la cintura, abrió los ojos y oteó, sorprendido, el panorama. Una frescura a tierra añosa y a hielo nocturno dilató sus narices. Respiró a pleno pulmón la etérea atmósfera. Se sacudió el pelo y, con un pequeño esfuerzo, se puso de pie. Miró su sepultura con cierta extrañeza, como si se tratara del recién dejado lecho
Autor : Correa Hugo
 
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