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Comentario
Aquella semana de abril sucedieron tres cosas por las que Beth Elringer decidió asistir
a la fiesta de cumpleaños de Gary, su marido. La primera de ellas fue la pérdida de su
trabajo, por causa de una prensa rota en la empresa en la que trabajaba como editora.
Beth y Margaret Long, la dueña de la empresa, estaban sentadas una frente a otra en una
mesa de Taco Time. Mientras Margaret hablaba, Beth empujaba un tamal alrededor de su
plato.
—No puedo aguantarlo más —decía Margaret. Parecía agotada—. Estuvimos
levantados toda la noche, hasta que la maldita prensa se estropeó y teníamos tantas
posibilidades de cumplir el plazo de entrega como de encontrar perlas en las ostras.
—¿Por qué no me llamaste?
—¿Sabes arreglar una prensa? Se rompió una polea. Mike dijo que se necesitaban tres
semanas para instalar una nueva; y eso si teníamos el dinero para comprarla.
—¿Qué vas a hacer?
—Ojalá lo supiera. Pero, cielo, será mejor que pienses en otro empleo. No sé si ésta
será la gota que desborde el vaso. Pero tengo la sensación de que sí.
Beth disfrutaba su trabajo de editora; entre las obras que le gustaban especialmente
había un libro de poesía de un autor que probablemente no conseguiría publicarlo si
desaparecía Long Press
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