 |
|
Comentario
HACE algunos años un conocido abogado solicitó mi dictamen sobre un caso, que
le ofrecía algunas dudas. Una señorita había acudido a él en demanda de protección contra
las persecuciones de que era objeto por parte de un hombre con el que había mantenido
relaciones amorosas. Afirmaba que dicho individuo había abusado de su confianza en él
para hacer tomar por un espectador oculto fotografías mientras se hacían el amor, pudiendo
ahora exhibir tales fotografías y desconceptuarla, a fin de obligarla a dejar su colocación. El
abogado poseía experiencia suficiente para vislumbrar el carácter morboso de tal acusación;
pero opinaba que en la vida ocurren muchas cosas que juzgamos increíbles y estimaba que
el dictamen de su psiquiatra podía ayudarle a desentrañar la verdad. Después de ponerme
en antecedentes del caso quedó en volver a visitarme acompañado de la demandante.
(Antes de continuar mi relato quiero hacer constar que he alterado en él, hasta
hacerlo irreconocible, el milieu en el que se desarrolló el suceso cuya investigación nos
proponemos, pero limitando estrictamente a ello la obligada deformación del caso. Me
parece, en efecto, una mala costumbre deformar, aunque sea por los mejores motivos, los
rasgos de un historial patológico, pues no es posible saber de antemano cuál de los aspectos
del caso será el que atraiga preferentemente la atención del lector de juicio independiente y
se corre el peligro de inducir a este último a graves errores.)
| |