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Comentario
Estaba húmedo, lleno de barro; tenía hambre y tenía frío y se hallaba a cincuenta mil
años de luz de su casa.
Un sol daba una rara luz y la gravedad, que era el doble de aquella a la que él estaba
acostumbrado, hacía difícil cada movimiento.
Pero en decenas de millares de años esta parte de la guerra no había cambiado. Los
pilotos del espacio tenían que ser ágiles con sus diminutas astronaves y sus armas
refinadas. Cuando las naves habían aterrizado, era, sin embargo, el soldado de a pie, la
infantería, la que tenía que hacerse dueña del terreno, palmo a palmo y costase la
sangre que costase. Esto es precisamente lo que sucedía en aquel maldito planeta de
una estrella de la que no había oído hablar hasta que puso el pie en él. Y, ahora, era
terreno sagrado porque los extranjeros también estaban allí. Los extranjeros, la otra
única raza inteligente en la Galaxia..., raza cruel de monstruos abominables y repulsivos.
Se había tomado contacto con ellos cerca del centro de la Galaxia, después de la
colonización lenta y dificultosa de unos doce mil planetas; fue la guerra a primera vista;
habían disparado sin tan sólo intentar negociaciones o hacer una paz.
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