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Comentario
Los muertos caían y caían.
Las lluvias habían empezado mucho tiempo atrás, ya nadie recordaba cuándo. En ciertos días
arreciaban más que en otros, y los muertos, aunque distanciados por espacios regulares, caían sin cesar.
Nunca había consecuencias graves. Los muertos jamás mataban a nadie. Pero a Helena la seguían
horrorizando, y Martín hubiera hecho cualquier cosa para consolarla. No era aprensión, no era miedo. Era
horror puro y simple, un horror que se expresaba en asco. Le repugnaba verlos caer desnudos en el barro,
las bocas grotescamente abiertas. Después pasaban los días y la carne se les ablandaba, se les disolvía
como cera, y los muertos se iban derritiendo en el suelo. Todos caían desnudos, pero todos eran iguales.
Algunos eran viejos y plácidos, otros eran jóvenes y violentos; los había enteros, y mutilados, y escaldados,
y descuartizados, y congelados
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