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Comentario
Teniendo en cuenta las características generales de un campo de lava, el planeador, a
pesar de lo resistente que parecía, no servía de nada. Su armadura de cola estaba
intacta; su fuselaje había sufrido sólo la pérdida del material de la superficie inferior;
incluso sus estrechas alas aparecían sin daño alguno. De haber habido una plataforma de
lanzamiento en tres mil millas, hubiera tenido la tentación de volver a lanzar la nave.
Incluso Dar Lang Ahn habría podido engañarse si sus ojos hubieran sido su única fuente
de información.
Sin embargo, él tenía más que ojos. Había sido el desgraciado que condujo hasta allí el
aparato. Había visto la superficie agujereada y negra del flujo precipitarse repentinamente
hacia él cuando un viento inesperado le arrastró hacia el volcán sin nombre; había sentido
el impacto y el rebote parcial cuando la elástica estructura de madera de la nave hizo lo
que pudo por absorber el golpe; y, lo más importante, había oído quebrarse los dos
mástiles. El primer problema que se planteó no fue el de cómo volver a volar, sino si debía
o no inutilizar más claramente el planeador antes de abandonarlo, y eso no era un
problema. El problema real surgía por los libros.
No había muchos, claro; Ree Pell Un había sido lo suficientemente previsor como para
no confiar una parte demasiado grande del saber de la ciudad a una nave. Aun así, no
podían ser pasados por alto; su deber era llevarlos intactos a las Murallas de Hielo, y
ochocientos años es tiempo suficiente para desarrollar una profunda devoción al deber.
Ese era el tiempo que había vivido Dar Lang Ahn.
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