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Comentario
Capítulo I
- Lote noventa y siete - anunció el subastador - Un muchacho.
El muchacho estaba atontado, y medio mareado por la sensación de tierra firme bajo
sus pies. La nave de esclavos había venido desde más allá de cuarenta años luz; en sus
bodegas llevaba el olor de todas las naves de esclavos, el hedor de cuerpos apretujados y
sin lavar, de miedo y vómito, y penas atávicas. Y no obstante, en aquella nave el
muchacho había sido alguien, un miembro identificable de un grupo, con derecho a su
comida cotidiana, con su derecho a pelear para comer en paz. Incluso había tenido
amigos.
Y ahora volvía a ser nada y nadie, otra vez a punto de ser vendido.
Acababa de ser rematado un lote, dos muchachas rubias parecidas, que se decían ser
gemelas; la puja había sido animada y el precio alto. El subastador se volvió con una
sonrisa de satisfacción y señaló al muchacho:
- Lote noventa y siete. Hacedlo subir.
Hicieron subir al muchacho, a golpes y empujones, hasta la tarima, y allí se quedó en
pie, rígido, mientras sus asustados ojos miraban en derredor, haciéndose cargo de lo que
no habían podido ver desde el corralillo. El mercado de esclavos se encuentra en la parte
del puerto espacial de la famosa Plaza de la Libertad, frente a la colina coronada por el
aún más famoso Presidium del Sargon, capitolio de los Nueve Mundos. El muchacho no
lo reconoció; ni siquiera sabía en qué planeta se encontraba. Y miró a la muchedumbre.
Cerca de la tarima de los esclavos estaban los mendigos, prontos a solicitar a cada
comprador cuando se acercaba a reclamar su propiedad. Más allá, en un semicírculo,
había asientos para los ricos y privilegiados. A cada lado de aquel grupo selecto
esperaban holgando sus esclavos, sus portadores, sus guardaespaldas y sus
conductores, junto a los coches de superficie de los ricos y de los palanquines y sillas de
manos de los aún más ricos. Detrás de los señores y las señoras estaban las gentes del
pueblo, holgazanes y curiosos, libertos y rateros y vendedores de bebidas frescas, y algún
mercader del pueblo que no tenía el privilegio de asiento, pero que estaba alerta en
espera de una ganga que sirviese de mozo, oficinista, mecánico, o incluso de algún criado
para sus mujeres
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