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Comentario
Ella acababa de salir del animador y, por ese motivo, se sentía muy bien. Pero ¿cómo
pasar el resto de la noche? Era el año 2200. Había estado en el animador más tiempo
de lo previsto. Vestía ropa distinta de la que recordaba haber llevado puesta antes. Su
vestido era de un estampado brillante, ligero y rojo como la carne de ternera cruda.
Escuchó a su marido, que seguía ensayando la fuga del Opus 110 en la planta baja.
Anhelos inmortales agitaron su alma.
Quizá necesitaba la sensación de contacto, de relación con algo un poco más real de lo
que podía pretender de si misma en aquel momento preciso. Salió a la terraza. Si, allí
estaba el receptor, apoyado en la barandilla. Se tendió entre las flores, se puso los
auriculares y tocó ON/OFF. El concepto de la señora Manresa zumbó en el
hiperespacio hasta conectar con... ¿con quién sería esta noche? Un garabato de un
hombre con los brazos y las piernas extendidos, resaltaba sobre algo que primero
parecía papel cuadriculado y luego se convertía en una pared de baldosas blancas.
La señora Manresa suspiró, sabiendo perfectamente lo que vaticinaba este cuadro.
Como era de esperar, el Adán garabateado comenzó a construir una Eva sobre las
baldosas, volviéndose de vez en cuando para mirar la pantalla de su receptor y
asegurarse de que su auditorio seguía allí. Terminado el dibujo, el individuo empezó a
masturbarse. El concepto que tenía de sí mismo era apenas más definido, apenas
menos tosco, que la figura que había bosquejado en la pared.
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