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Comentario
Viat volvió del campamento de los Extranjeros, con el penacho abatido, los devis arrancados de la
chaqueta, la boca entreabierta y anhelante, y la mirada vacía. Se pasó un día sentado al Sol, sin darse
cuenta siquiera que los niños se reunían y hacían preguntas con sus agudas vocecillas. Al alcanzarle las
sombras de la tarde, Viat tambaleó unos pasos y cayó muerto.
Su madre vino entonces, pues el cuerpo había nacido de ella y nunca podría serle extraño, pues aquel
vacío que había brotado de sus ojos no era Viat. Reconoció su muerte, prendiéndole el kiom en su
desgarrada chaqueta, que ella misma había modelado el día que lo dio a luz, pues nacer es comenzar a
morir. Mientras Viat no hubiese entregado su corazón, ella guardaba el kiom para ofrecerlo. Dejó el pelu
tenuemente encendido en el centro del kiom, porque Viat había muerto bienamado. El que muere
bienamado camina derecho y seguro por el sendero de los Ocultos, gracias a la luz de su pelu. Si se le quita
esa luz, vagará siempre, a tientas, entre la oscuridad del kiom sin luz
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