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Comentario
Desde la distancia, el palacio de un solo piso parecía flotar en el océano como una
oblea.
De los iluminados cuartos del palacio, detrás de la larga columnata, salieron
saltando tres seres, él, Ella y ella. Corrieron por las losas, riendo. La noche crepitaba
allá arriba en tonos de azul oscuro y almíbar. La alegría chispeaba como relámpagos
uniendo dos puntos opuestos.
La música rebosaba de las habitaciones. En esa música sólo se movía la armonía
misma, en cadencias perfectas, aunque llevaba en el tono una referencia indirecta a
los peculiares y profundos cambios de tiempo en ese mundo. Las cosas crecían, los
ojos brillaban, los cuerpos eran ágiles; pero se trataba de ese planeta funesto y no de
otro en el universo.
La gran terraza, por ejemplo, pavimentada con losas donde la mica centelleaba bajo
los pies: sobre su extensión la luminosidad jugaba con tantas variaciones como la
música. La propia noche era una gran fuente de luz y, como un enorme caldero
invertido, el cielo derramaba sus alimentos sobre el complicado edificio. Hasta el
abovedado techo, detrás de las columnatas, llevaba el mar sus secretos mensajes de
luz, pues los océanos, para el calor y para el día, tienen mejor memoria que el aire.
También los glaciares, y siete lunas pequeñas, contribuían con su cuota de brillo
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