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Comentario
Los primeros rayos del sol inundaron el valle, anunciando otro día de calor insoportable.
Una brisa suave, tibia, agitaba los penachos de las cortaderas y las puntas amarillas de
los altos pajonales, entre los que corría un angosto arroyo. El cielo era muy azul, y
estaba totalmente despejado. Nada turbaba su serenidad. Hacía dos años que los
pájaros habían muerto.
En el valle todavía no se observaba ningún movimiento. La locomotora y los vagones de
carga detenidos parecían un insólito juguete arrojado por el niño caprichoso de algún
gigante vagabundo. En dos años las malezas habían cubierto las vías.
Se oyó un chirrido y se abrió la puerta corrediza de uno de los vagones. Un hombre
asomó primero la cabeza y después el resto del cuerpo. Era muy alto. En su rostro
increíblemente consumido, la piel tostada y curtida se pegaba a los pómulos, a los
bordes de las hundidas cuencas oculares, a las sienes cóncavas y al filo cortante de
una nariz larga y ganchuda. Las crenchas revueltas, de color pardo indefinido, le caían
sobre los hombros. La boca sólo era un tajo en la maraña de la barba mugrienta, y de
los ojos apenas se veía un brillo alienado en el fondo de dos cavernas
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| Autor : Goligorsky Eduardo |
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