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Comentario
Desde hace mucho tiempo había sido profetizado y previsto de antiguo que el enemigo
llegaría a Thlunrana. Y se conocía la fecha de su destrucción y la puerta por la que
aquél entraría, aunque nadie había profetizado quién sería el enemigo, excepto que se
trataría de uno de los dioses que vivían entre los hombres. Mientras tanto, Thlunrana,
esa lamasería secreta, esa catedral mayor de la magia, era el terror del valle en el que
estaba asentada y de todas las tierras que lo circundaban. Sus ventanas eran tan
estrechas y altas, y tan extrañas cuando estaban iluminadas de noche, que parecían
contemplar a la gente con una diabólica mirada de soslayo, como si guardaran algún
secreto en la oscuridad. Quiénes eran los magos y sus delegados y el gran hechicero
jefe de aquel furtivo lugar nadie lo sabe, pues iban cubiertos con capas, capuchas y
velos totalmente negros.
Aunque su destrucción estaba próxima y el enemigo de la profecía debía llegar aquella
misma noche a través de la puerta abierta del sur que llamaban la Puerta de la
Perdición, la rocosa estructura de Thlunrana permanecía todavía misteriosa, venerable,
terrible, oscura, y espantosamente coronada por su funesto destino. No era frecuente
que alguien se atreviera a vagar de noche por las cercanías de Thlunrana, cuando el
lamento de los magos invocando no se sabe a Quién se alzaba débilmente desde las
cámaras interiores, asustando a los murciélagos a la deriva; mas la última noche llegó
el hombre de la cabaña con techo de paja negro junto a los cinco pinos, ya que quería
ver Thlunrana una vez más antes de que el enemigo, que aunque vivía entre los
hombres era divino, viniera contra ella y la destruyera. Ascendió el sombrío valle con
audacia, mas sus temores fueron en aumento; su valor le sostenía todavía aunque le
empezaba a flaquear. Entró por la puerta del sur que llaman Puerta de la Perdición.
Llegó a un oscuro vestíbulo y, subiendo una escalera de mármol, pasó a ver lo que
quedaba de Thlunrana. Apartó una cortina de terciopelo negro y entró en una cámara,
más tenebrosa que cualquier otra que pueda uno imaginarse, donde colgaban otras
muchas cortinas. En otra cámara sombría, vislumbrada a través de una arcada, unos
magos con cirios encendidos practicaban su magia y decían conjuros en voz baja.
Todas las ratas del lugar habían desaparecido, yéndose gimoteando escalera abajo. El
hombre de la cabaña con techo de paja negro atravesó esta segunda cámara: los
magos no le miraron ni cesaron de susurrar. Dejó atrás pesadas cortinas, también de
terciopelo negro, y entró en una cámara de mármol negro donde nada se movía.
Únicamente ardía un cirio en aquella tercera cámara; no había ventanas.
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