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Comentario
Al menos, aunque no tiene sentido alguno, explica lo de los gatos. En el
Times
de
hoy había una nota sobre el corral municipal; llevaron allí cuatro veces el número
corriente de gatos y el asunto sigue empeorando. Seguirá empeorando cada vez
más, sin duda, pero los gatos no son tan malos como otras cosas.
Para explicarlo, después de convencerme que yo no había perdido el juicio,
telefoneé a mi mujer. Algunos dicen que no hay en realidad modo alguno de
convencerse que uno está en sus cabales, pero yo no opino lo mismo. Por lo
menos estoy tan cuerdo como hace una semana.
—¿Dónde estás? —me preguntó mi mujer—. ¿Por qué me hablas por teléfono?
¿Por qué no subes?
—Porque estoy en el centro de la ciudad, en el Waldorf.
—Oh no. Estás en el piso de abajo. Te dejé ahí hace menos de tres minutos.
—Ese no soy yo, ¿entiendes?
—No.
Esperé un poco, y ella esperó también. Por fin dije:
—No, me parece que no entiendes.
—También vi cómo te escabullías en la esquina de la calle 63. ¿Jugabas al
escondite?
—Bueno...
—¿Qué?
—Ese tampoco era yo. ¿Crees que estoy loco? ¿Piensas que he sufrido un
trastorno o algo parecido?
—No, tú no eres de los que sufren trastornos.
—¿Qué opinas, entonces?
—Me reservo mi opinión.
—Gracias. Todavía te quiero. Cuando me viste en el piso de abajo hace unos
minutos, ¿cómo estaba vestido?
—¿No lo sabes?
Mi mujer pareció impresionada por primera vez
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