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Comentario
SÁBADO por la mañana temprano:
No debería estar escribiendo esto. ¿Qué pasará si Mary lo encuentra? Sería el fin,
es decir, cinco años arrojados por la ventana.
Pero debo escribirlo. Hace demasiado tiempo que escribo. No hay paz para mí a
menos que vuelque las cosas en el papel. Tengo que dejarlas salir y simplificar mis
ideas. Pero es muy difícil simplificar las cosas y muy fácil, en cambio, complicarlas.
Vuelvo a repasar las cosas, a lo largo de meses.
¿Cómo comenzó todo? En una discusión, por supuesto. Las hemos tenido a
montones desde que nos casamos. Y siempre a raíz de lo mismo, eso es lo terrible.
El dinero.
—No se trata de que tenga o no fe en ti como escritor —dice Mary—. Se trata de
las cuentas a pagar.
¿Vamos a pagarlas o no?
¿Y a qué se deben esas cuentas? ¿A cosas indispensables? No, a cosas que ni
siquiera nos hacen falta.
—¡Que no nos hacen falta!
Y así seguimos. ¡Dios, es imposible vivir sin dinero! Nadie puede soportarlo. Es
todo o nada. ¿Cómo podré escribir en paz con esa interminable preocupación por el
dinero, el dinero, el dinero? El televisor, la nevera, la lavadora… y nada de todo eso
está pagado aún.
Pero a pesar de todo eso, yo, el idiota con los ojos bien abiertos, sigo empeorando
las cosas.
¿Por qué tuve que salir furioso del apartamento, aquella primera vez? Habíamos
discutido, es cierto, pero no era la primera vez. Vanidad, eso es todo
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