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Comentario
Habíamos alcanzado la cumbre del despeñadero más elevado. Durante algunos
minutos, el anciano pareció demasiado fatigado para hablar.
-Hasta no hace mucho tiempo -dijo, por fin- podría haberlo guiado en este as-
censo tan bien como el más joven de mis hijos. Pero, hace unos tres años, me ocurrió
algo que jamás le ha ocurrido a otro mortal... o, por lo menos, a alguien que haya alcan-
zado a sobrevivir para contarlo; y las seis horas de terror mortal que soporté me han
destrozado el cuerpo y el alma. Usted ha de creerme muy viejo, pero no lo soy. Bastó
algo menos de un día para que estos cabellos, negros como el azabache, se volvieran
blancos; debilitáronse mis miembros, y tan frágiles quedaron mis nervios, que tiemblo
al menor esfuerzo y me asusto de una sombra. ¿Creerá usted que apenas puedo mirar
desde este pequeño acantilado sin sentir vértigo?
El «pequeño acantilado», a cuyo borde se había tendido a descansar con tanta
negligencia que la parte más pesada de su cuerpo sobresalía del mismo, mientras se
cuidaba de una caída apoyando el codo en la resbalosa arista del borde; el «pequeño
acantilado», digo, alzábase formando un precipicio de negra roca reluciente, de mil
quinientos o mil seiscientos pies, sobre la multitud de despeñaderos situados más abajo.
Nada hubiera podido inducirme a tomar posición a menos de seis yardas de aquel bor-
de. A decir verdad, tanto me impresionó la peligrosa postura de mi compañero que caí
en tierra cuan largo era, me aferré a los arbustos que me rodeaban y no me atreví si-
quiera a mirar hacia el cielo, mientras luchaba por rechazar la idea de que la furia de los
vientos amenazaba sacudir los cimientos de aquella montaña. Pasó largo rato antes de
que pudiera reunir coraje suficiente para sentarme y mirar a la distancia.
-Debe usted curarse de esas fantasías -dijo el guía-, ya que lo he traído para que
tenga desde aquí la mejor vista del lugar donde ocurrió el episodio que mencioné an-
tes... y para contarle toda la historia con su escenario presente
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