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Comentario
El doctor Jennings giró hacia el bordillo y las ruedas de su Jaguar levantaron una ola de barro. Pisó
con fuerza el freno, sacó la llave con la mano izquierda mientras con la derecha tanteó en busca del
maletín que tenía a su lado. Un instante después se hallaba en la calle esperando un hueco en el
tráfico por el que poder cruzar.
Alzó la mirada hacia las ventanas del apartamento de Peter Lang. ¿Estaría bien Patricia? Había
sonado asustada por teléfono... trémula, cercana al pánico. Jennings bajó los ojos y frunció el ceño
ante la hilera de coches que no dejaban de pasar. Luego, cuando se produjo un hueco en la procesión,
se lanzó a la carrera.
La puerta de cristal se cerró automáticamente a su espalda mientras atravesaba el vestíbulo. ¡Padre,
date prisa! ¡Por favor! ¡No sé qué hacer con él! La voz sobrecogida de Patricia reverberó en su
mente. Entró en el ascensor y apretó el botón del décimo piso. ¡No puedo contártelo por teléfono!
¡Tienes que venir! Jennings tenía la vista clavada delante sin ver nada, ajeno al susurro de las puertas
al cerrarse.
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