 |
|
Comentario
Cuatro hombres, de dos en dos, se habían internado en la aullante vorágine de
Júpiter, y no habían regresado. Habían salido al viento huracanado, o mejor dicho,
habían galopado hacia él, con los vientres pegados al suelo, los flancos
relucientes bajo la lluvia.
Porque no habían ido en forma humana.
Ahora el quinto hombre estaba de pie frente al escritorio de Kent Fowler,
comandante de la Cúpula Nº 3 de la Comisión de Reconocimiento Joviano.
Debajo del escritorio de Fowler, el viejo Towser se rascó una pulga, y volvió a
acomodarse para dormir. Harold Allen, advirtió Fowler con una repentina punzada
de dolor, era joven... demasiado joven. Tenía la segura confianza de la juventud,
el rostro de quien no ha conocido aún el miedo. Y eso era raro. Porque los
hombres de las cúpulas de Júpiter sí conocían el miedo, el miedo y la humildad. Al
hombre le resultaba muy difícil conciliar su diminuta naturaleza con las poderosas
fuerzas del monstruoso planeta
| |