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Comentario
Aullarlo así para que el mundo le dé un nombre.
La absoluta oscuridad respondió con viento.
Todo lo que vosotros sabéis lo sé yo: tambaleantes astronautas y empleados de banca mirando
el reloj antes de la comida; actrices arreglándose el pelo delante de espejos rodeados de luces y
operadores de montacargas aplastando pellas de grasa sobre la manija de acero; revueltas
estudiantiles; sé que las sombrías mujeres en los sótanos agitaban la cabeza la semana pasada porque
en seis meses los precios han subido desorbitadamente; cómo sabe el café después que lo has
mantenido en tu boca, frío, durante todo un minuto.
Durante todo un minuto permaneció en cuclillas, aplastando los guijarros con su pie izquierdo
(el desnudo), escuchando el sonido de su respiración caer por los rebordes.
Más allá de un tapiz de hojas palpitaba la reflejada luna.
Se frotó las palmas contra el dril. Allá donde estaba, todo permanecía quieto. En algún otro
lugar gemía el viento.
Las hojas hicieron guiños.
Lo que había sido viento se transformó en un movimiento entre los matorrales, allá abajo. Su
mano fue en busca de la roca que tenía detrás.
Ella se puso en pie unos seis metros más abajo, allá delante, recubierta sólo por las sombras
que derramaba la luna desde el arce; se movió, y las sombras se movieron sobre ella.
El miedo hormigueó en su costado, allá donde la camisa (le faltaban los dos botones del medio)
se hinchaba con la brisa. Un músculo se tensó descendiendo por la parte posterior de su mandíbula.
El negro pelo intentó ocultar los surcos que el miedo labraba en su frente.
Ella susurró algo que era todo aliento, y el viento trajo las palabras y se llevó el significado.
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