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Comentario
Se acercaba abril cuando atravesamos los Muros de las Fortalezas y salimos a la plaza
de armas de plástico verde: todos los grandes amos de Fortalezas ordenados en
solemne procesión. El escudo de vapor era blanco ese día, con estrechas franjas rojas
enhebradas en el cielo, franjas (nos recordaron) del antiguo color de la sangre. Y
algunos si lo recordamos, aunque nuestra sangre es ahora de color verde pálido, y la
martillan corazones eternos haciéndola circular por las tiras de carne para alimentar no
sólo a las tiras de carne sino también para lubricar los repuestos de aleación de metal
nuevo y las coyunturas donde se articulan el metal y la carne.
Éramos una extraña banda bajo un extraño escudo de vapor ese día; los pájaros de
hojalata que subían de Central colmaban el cielo sintético, y por los agujeros del suelo
en los patios salían árboles de los que brotaban, a nuestro paso, hojas de lata de un
verde brillante. Cojeamos en imperfecto orden hacia el este, plop-plip-plap-plop sobre el
plástico reluciente, dispuestos a veces en parejas, pues se suponía que estábamos en
una procesión, pero más veces aún en tropeles y montones y nudos de grandes amos
que se movían con torpeza al pisar el suelo descubierto, pues no éramos buenos para
caminar. A veces me preguntaba si Central no nos hacía eso todos los años para
humillarnos, y también para que renováramos la fe en nuestras Fortalezas, pues fuera
de nuestras Fortalezas nosotros, los grancies, no somos nada.
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