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Comentario
El aeropuerto de América no había variado desde la ultima vez que lo había visto.
Estaba situado tan lejos de toda otra área civilizada como era posible, para que ningún avión,
por muy descarriado que anduviera, pudiese equivocar el campo de aterrizaje y estrellarse
contra una vivienda. Excepto por la ringlera de rectos bordes de la carretera que conducía al
sur, estaba completamente aislado si uno olvidaba la casi desierta estación del metro. Su
extremidad estaba punteada de hangares y algunas oficinas, pero el edificio terminal era
pequeño, y estrictamente funcional. Macizo con raso de hormigón, aséptico con acero y
aluminio en un lugar gris y desabrigado en el yermo
Kester Fay se alegraba tanto de verlo que brincó impaciente desde el ascensor para
pasajeros del gran avión a reacción. Sabía que era objeto de miradas curiosas por parte de la
dotación del campo, agrupada alrededor de la nave de inmaculado acero, pero Fay apenas le
dio importancia, pues había visto el coche aparcado que le esperaba junto al edificio de la
administración. Atravesó rápidamente el campo a un paso que todavía atrajo más la atención
del personal, pues estaba impaciente para ser despachado en el puesto de aduana y largarse.
Hizo girar inquieto la cúpula de «recuerdo» de la cadena en su manguito elástico,
mientras el oficial de despacho de desembarcos revisaba y marcaba su pasaporte Pero se veía
que el hombre se alegraba demasiado de ver a alguien que no fuese del pequeño círculo del
personal de la línea aérea. Se demoraba sin fin, y aun cuando Fay tenía por cierto que su vida,
fuera de allí, sería muy aburrida, se le hacía más y más difícil resignarse y tener paciencia, a
medida que pasaba el tiempo
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