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Comentario
En más de una ocasión, sentado ante mi vieja máquina de escribir Olympia, y sin
una idea en la cabeza para comenzar una novela de a duro, practicaba el sano
ejercicio de desarrollar la trama sobre la marcha. Aquella tarde en blanco escribí sobre
un náufrago, único superviviente de una nave estelar a la deriva. A continuación
imaginé una fila interminable de cuerpos. Con estos mimbres a mi disposición se me
ocurrió que, puesto que tenía que salvar al náufrago ya que iba a ser el protagonista,
de ello se ocupara la misteriosa entidad regidora de un ingenio prodigioso. El chico se
salva, vuelve a la vida y la entidad le explica que... Bueno, mejor no seguir
desgranando el argumento. El caso es que continué dándole a las teclas y me encontré
con que había escrito unas cuarenta páginas y aún no había llegado al nudo
argumental. Me di cuenta de que no iba a tener suficiente con los ochenta folios que la
editorial me exigía para una novela de la colección La Conquista del Espacio. Pues
seguiré, me dije, a ver hasta dónde llego. A los pocos días terminé la novela que titulé
Dios de Dhrule, y la envié a Bruguera. Yo llevaba tiempo queriendo hacer algo...
¿Cómo lo diría? Una novela más extensa, algo más trabajado que una novelita de a
duro. No es que quisiera salir del guetto, como han acabado llamando al círculo que
formábamos los autores de novelas populares, sino que deseaba escribir algo con más
ambición. Como esperaba, en la contestación que recibí de Bruguera se me explicaba
que la novela estaba bien pero era demasiado larga. Dijeron más cosas, pero no viene
a cuento detallarlas ahora. Ni caso me hicieron cuando les sugerí que se publicara en
dos números. No era su política.
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