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Comentario
Los dos hombres de mediana edad se sentaron en sendos sillo-
nes de cuero en un rincón de la biblioteca. La enorme habitación se
encontraba en el ala más silenciosa de una mansión situada sobre
Massachusetts Avenue. Alguien había cerrado las cortinas para
proteger las pinturas centenarias de los rayos directos del primer
sol de la tarde. La única luz provenía de un fuego casi apagado
cuyas brasas ardían bajo las cenizas en la chimenea. El fuego otor-
gaba a la antigua habitación un aroma levemente ahumado.
Uno de los hombres era alto y corpulento, usaba ropa informal
y tenía el cabello gris y quebradizo y la cara magra. Bebía café
negro de un jarro Camp David azul mientras estudiaba una hoja
de papel. El otro, sentado de espaldas a la biblioteca, era una
especie de bull-dog enano de cabello rojo cortado al ras, vestido
con un traje gris de tres piezas. Sostenía entre las manos un vaso
vacío que, apenas un momento antes, había rebasado de scotch.
Tenía las piernas cruzadas y balanceaba el pie con nerviosismo; en
las mejillas y el mentón lucía las huellas de una afeitada rápida y
poco eficaz
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