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Comentario
¿DÓNDE ESTA EL TESTAMENTO?
Agatha Christie
—Y sobre todo evite las preocupaciones y la excitación —dijo el doctor Meynell con el aire
profesional que emplean los médicos.
La señora Harter, como ocurre a menudo con las personas que escuchan inútiles palabras de
consuelo, parecía más indecisa que aliviada.
—Existe ciertamente una lesión cardíaca —continuó el doctor—, pero nada que deba alarmarla.
Puedo asegurárselo. De todas maneras — agregó—, sería conveniente que instalaran un ascensor. ¿Eh?
¿Qué le parece?
La señora Harter le miró preocupada.
El doctor Meynell, por el contrario, parecía muy satisfecho de sí mismo. Le gustaba atender a los
pacientes ricos más que a los pobres, porque así podía ejercitar su activa imaginación al recetar
remedios a sus dolencias.
—Sí; un ascensor —repitió el doctor Meynell, tratando de buscar algo más ostentoso incluso si
cabe—. Luego hemos de evitar todo esfuerzo innecesario. Hay que practicar ejercicio diariamente
siempre que haga buen tiem po, pero por terreno llano, nada de subir a las colinas. Y, sobre todo,
distraerse y no pensar continuamente en su salud.
Con el sobrino de la anciana, Carlos Ridgeway, el doctor fue algo más explícito
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