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Comentario
Permanecí veinte minutos con Charlie Kleingold después de que quedó tendido, muerto, en
el sofá de su saloncito.
Y no es que me sintiera sentimental en lo que a él respecta; pero se estaba tan cómodo en la
tranquila y silenciosa habitación, que me disgustaba tener que abandonarla y volver a comenzar
el trabajo. Pero no había más remedio. En cuanto su corazón dejó de funcionar, supe que la
lucecita roja encendida encima de su nombre había empezado a parpadear en el gran tablero, y
ya me estaban zumbando para que me presentara a buscar mi nuevo destino.
«¡Que zumben! - pensé -. Después de haber vivido treinta y cinco años con Charlie, unos
minutos más no tienen importancia. ¡Pobre Charlie! La verdad es que pasamos muy buenos
ratos..
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