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Comentario
Temprano en aquella brillante mañana dorada por el sol, Stuart McConchie barría la
acera frente a la Modern TV, Ventas y Reparaciones, escuchando los coches que
recorrían la avenida Shattuck y las secretarias apresurándose sobre sus altos tacones
hacia sus oficinas, todos los movimientos y delicados olores de una nueva semana, una
nueva época en la que un buen vendedor podía hacer grandes cosas. Pensó en el bollo
caliente y el café que se tomaría en su segundo desayuno, a las diez aproximadamente.
Pensó en los clientes a los que había convencido para que volvieran a formalizar la venta,
quizá todos ellos hoy, su talonario de ventas rebosante como aquella copa de la Biblia.
Mientras barría, tarareaba una canción del nuevo álbum de Buddy Greco, y pensó en lo
que sentiría uno sabiéndose famoso, un gran cantante conocido en todo el mundo y la
gente pagando para verle en lugares tales como Harrah's en Reno o los carísimos clubs
de Las Vegas que no había visto nunca pero de los que había oído hablar muchas veces.
Tenía veintiséis años y a menudo conducía, ya tarde algunos viernes por la noche, por
la autopista de diez carriles que va de Berkeley a Sacramento y a través de las Sierras
hasta Reno, donde uno puede jugar y encontrar chicas; trabajaba para Jim Fergesson, el
propietario de la Modern TV, a sueldo y comisión, y como era un buen vendedor se
ganaba bien la vida. Y de todos modos estaban en 1981 y los negocios no iban mal. Otro
buen año que empezaba bien, con América haciéndose más grande y más fuerte y todo el
mundo prosperando
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