 |
|
Comentario
Érase una vez que vivía en Francia un próspero aunque ligeramente envejecido joyero
llamado Hans Carvel. Además de ser un hombre estudioso y entendido, resultaba un
hombre admirable. Y un hombre al que le gustaban las mujeres, pero que, por unas
razones u otras, y aunque no llevase una vida de célibe, había conseguido permanecer
como bachiller hasta aquel momento: bueno, digamos que su edad era de sesenta años y
no mencionemos ya en qué dirección la había encauzado.
A aquella edad, se enamoró de la hija de un alguacil: una joven y hermosa muchacha,
animada y vivaz, un plato capaz de saciar el apetito de un rey.
Y se casaron.
A las pocas semanas de aquel feliz matrimonio, Hans Carvel empezó a sospechar que
su joven esposa, a quien amaba profundamente, era demasiado animada y demasiado
vivaz. Y que todo cuanto era capaz de ofrecer a su esposa - además del dinero, cosa de la
que disponía abundantemente - quizá no bastase para contentarla. ¿Quizá no?, se
preguntaba. Seguro que no.
No sin falta de razón, empezó a cavilar, hasta que estuvo prácticamente seguro de que
ella completaba su vida amorosa con algún - o posiblemente algunos - hombres más
jóvenes que el
| |