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Comentario
María Santos cerró los ojos, aflojó el cuerpo, acomodó la espalda contra el blando
tronco del árbol.
Se estaba bien allí, a la sombra de aquellas hojas transparentes que filtraban la luz
rojiza del sol.
Carlos, el yerno, no podía haberle hecho un regalo mejor para su cumpleaños.
Todo el día anterior había trabajado Carlos, limpiando de malezas el lugar donde crecía
el árbol. Y había hecho el sacrificio de madrugar todavía más temprano que de costumbre
para que, cuando ella se levantara, encontrara instalado el banco al pie del árbol.
María Santos sonrió agradecida; el tronco parecía rugoso y áspero, pero era muelle,
cedía a la menor presión como si estuviera relleno de plumas. Carlos había tenido una
gran idea cuando se le ocurrió plantarlo allí, al borde del sembrado.
Tuf-tuf-tuf. Hasta María Santos llegó el ruido del tractor. Por entre los párpados
entrecerrados, la anciana miró a Marisa, su hija, sentada en el asiento de la máquina, al
lado de Carlos
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