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Comentario
En una verde ladera del monte Menalo, en Arcadia, se halla un olivar en torno a las
ruinas de una villa. Al lado se encuentra una tumba, antaño embellecida con las más sublimes
esculturas, pero sumida ahora en la misma decadencia que la casa. A un extremo de la tumba,
con sus peculiares raíces desplazando los bloques de mármol del Pentélico, mancillados por
el tiempo, crece un olivo antinaturalmente grande y de figura curiosamente repulsiva; tanto se
asemeja a la figura de un hombre deforme, o a un cadáver contorsionado por la muerte, que
los lugareños temen pasar cerca en las noches en que la luna brilla débilmente a través de sus
ramas retorcidas. El monte Menalo es uno de los parajes predilectos de temible Pan, el de la
multitud de extraños compañeros, y los sencillos pastores creen que el árbol debe tener
alguna espantosa relación con esos salvajes silenos; pero un anciano abejero que vive en una
cabaña de las cercanías me contó una historia diferente.
Hace muchos años, cuando la villa de la cuesta era nueva y resplandeciente, vivían en
ella los escultores Calos y Musides. La belleza de su obra era alabada de Lidia a Neápolis, y
nadie osaba considerar que uno sobrepasaba al otro en habilidad. El Hermes de Calos se
alzaba en un marmóreo santuario de Corinto, y la Palas de Musides remataba una columna en
Atenas, cerca del Partenón. Todos los hombres rendían homenaje a Calos y Musides, y se
asombraban de que ninguna sombra de envidia artística enfriara el calor de su amistad
fraternal
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